Jugar es vital para aprender

 

En la conmemoración del natalicio de Friedrich Fröbel, padre de la educación preescolar, reflexionamos sobre las 15 mil horas que todo niño debería jugar durante su primera infancia.

El juego como elemento primordial en la vida de los niños es tan antiguo como nuestra propia civilización. Hace más de dos mil años un maestro de retórica latina de nombre Quintiliano, declaraba que “el estudio sea para el niño un juego”. En una publicación mucho más reciente, titulada: “El niño y el juego, planteamientos teóricos y aplicaciones pedagógicas”, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) manifiesta que:

“Los juegos pueden proporcionar verdaderamente a la práctica pedagógica, mucho más allá de la escuela de párvulos, un medio de estimular la creatividad, y la psicología moderna ha puesto de relieve la influencia de los comportamientos y de los objetos Iúdicos, modelados evidentemente por el entorno cultural y social, sobre el desarrollo de la personalidad”.

Según la Doctora Kathy Hirsh-Pasek, PhD de la Universidad de Pennsylvania: “Los niños aprenden mejor en ambientes lúdicos, a través de juegos guiados, con contenidos apropiados”. Incluso grandes empresas de innovación y tecnología como Google, han incorporado éste principio en su cultura organizacional.

Hoy en día, el dilema al que se enfrentan muchos docentes es qué hacer frente a un currículo con una fuerte carga de conocimiento y un contexto que reconoce las habilidades “duras” cómo superiores frente a las mal llamadas habilidades “blandas”. Las denominadas habilidades duras son todos los conocimientos académicos formales que integran el currículo, mientras que las habilidades blandas tienen que ver con la forma en la que exteriorizamos esas aptitudes, es decir, la actitud, la ética, los valores, la inteligencia emocional, entre otras.

Quién en su sano juicio diría hoy que trabajar en equipo es menos importante que la rapidez de cálculo, que comunicar una idea de manera efectiva es menos importante que realizar una ecuación diferencial o que la creatividad es opcional frente al dominio de un lenguaje de programación. En el contexto actual todas estas habilidades son igualmente importantes y en muchos casos, las mal llamadas “blandas” son las que definen el éxito o no de un proyecto, idea o de una relación.

Ahora bien, sabemos cómo maestros, que muchas veces estos aspectos tan importantes para lograr una vida en equilibrio, ser felices y relacionarnos de manera armónica con los demás, son dejados de lado; probablamente y aquí me atrevo a citar a Rudolf Steiner, creador de la pedagogía Waldorf, cuando dijo sabiamente: “sólo puedes transmitirle al niño aquello que el maestro ya conquistó en sí mismo”.

De acuerdo a una publicación en el sitio web Educar Chile, en año 1981 los niños norteamericanos usaban el 40% de su tiempo para jugar en las aulas, mientras que en el año 1997 el New York Times informaba que dicha cifra había decaído un 25% y para el 2002, diminuyó a la alarmante cifra de un 9%. ¿Es esto un avance o retroceso educativo? ¿Es un buena aproximación seguir sacrificando el tiempo de juego en el aula en pro de actividades curriculares mas formales?. En todo caso, ¿cuánto es el tiempo de juego recomendado para un niño?

De acuerdo a un estudio realizado en Alemania por el Centro de Investigación Infantil Helleum de la Universidad Alice Salomón: “Los niños deben jugar 15 mil horas hasta su séptimo año de vida”, así lo afirma Hartmut Wedekind director del centro, en un publicado por el sitio web de La Tercera. Es decir, según estos resultados, casi el 50% del tiempo de vigilia de un niño hasta los 7 años debería estar orientado al juego. ¿Y cómo están los niños Latinoamericanos?

Si bien no hay estadísticas de toda la región, si sabemos que los niños y niñas chilenos juegan muy poco. Según la investigadora y profesora Ilia García: “Tanto dentro como fuera del colegio, un niño chileno juega en promedio 8.760 horas hasta los siete años:  2.190 horas entre los 0 y 2 años, 4.380 horas entre los 3 y 5 años, y 2.190 horas entre los 6 y 7 años”. Lo que demuestra una alarmante realidad, los niños y niñas chilenos tienen un déficit de 6000 horas de juegos.

Esto impacta en la calidad de vida de nuestros hijos y estudiantes y posiblemente en muchos otros aspectos de los que ya hemos hablado en líneas anteriores.

¿Y cómo impacta el déficit de juego en la vida de nuestros hijos y estudiantes?

El juego es la primera herramienta y la más natural que tenemos los seres humanos –incluso muchos animales– para realizar actividades como aprender a relacionarnos, a resolver situaciones problemáticas, ser pacientes, comunicarnos, ser creativos, flexibles e incluso para negociar.

Uno de los neuroeducadores más influyentes del mundo hispano, como lo es, Jesús C. Guillén, profesor de Posgrado de neuroeducación del ICE de la Universidad de Barcelona y quien dice que: “Jugar constituye un impulso vital, una necesidad que nos permite aprender durante toda la vida, no hay ninguna razón que nos impida integrar de forma adecuada el componente lúdico en la enseñanza”.

La UNESCO, por su parte, manifiesta categóricamente que: “Todos los niños del mundo juegan, y esta actividad es tan preponderante en su existencia que se diría que es la razón de ser de la infancia”. Y enfatiza que: “el juego es vital, puesto que condiciona un desarrollo armonioso del cuerpo, de la inteligencia y de la afectividad”, por lo que aquel niño que no juega “es un niño enfermo, de cuerpo y de espíritu”.

Ante esta realidad, existen varias organizaciones desarrollando proyectos y creando soluciones para edificar puentes armónicos entre la necesidad vital que tienen los niños de jugar y las aspiraciones del currículo. Uno de ellos es PleIQ, el primer juguete de realidad aumentada e inteligencia artificial que estimula las inteligencias múltiples mediante el uso efectivo de las TAC (Tecnologías de Aprendizaje y de Conocimiento). Esta idea que surge por iniciativa de un grupo de jóvenes profesionales latinoamericanos con el apoyo de StartUp Chile pretende convertirse en el juguete educativo más importante de la región, y en un referente en innovación educativa. PleIQ nació inspirado por una causa: “Servir de herramienta para que todos los niños y niñas sin distinción, accedan a una educación de calidad a través de juegos que reten y estimulen su curiosidad, creatividad y conocimiento”. PleIQ es una realidad en construcción, que luego de arduos años de investigación y desarrollo, estará disponible para contribuir a la transformación de la educación en la primera infancia.

Para cerrar quiero hacerlo con una cita de Friedrich Froebel, padre de la educación preescolar: “Jugar es la expresión más alta del desarrollo humano… es la libre expresión de lo que hay en el alma de un niño”.

Por: Antonio Da Rocha
Director Educativo
PleIQ Smart Toys